Préstamo para electrodomésticos: quién firma y paga
Lavadora, frigorífico, sofá. Cuando los compráis a crédito, importa muchísimo a nombre de quién va el préstamo, qué dice la CIRBE de cada uno, y cómo repartís las cuotas si la convivencia evoluciona. Es un trámite que parece menor y deja huella durante años.
El detalle administrativo que en su momento parecía irrelevante
La pareja que monta un piso suele encadenar, en pocas semanas, una secuencia de compras grandes que llegan en avalancha: la cama, el sofá, el frigorífico, la lavadora, a veces el aire acondicionado, casi siempre alguna reforma menor. La cuenta total ronda con facilidad los cuatro o cinco mil euros, y la respuesta natural en la tienda, cuando el comercial deja caer eso de "si quieren, lo pueden financiar a doce meses sin intereses", es decir que sí. Total, son sesenta euros al mes durante un año, y el frigorífico hay que tenerlo igual.
Lo que se firma en ese momento, en cambio, no es un trámite menor. Es un préstamo al consumo a nombre de una persona física concreta, que entra en la Central de Información de Riesgos del Banco de España (la CIRBE), que aparece como deuda viva en cualquier scoring posterior, y que produce una asimetría jurídica entre los dos miembros de la pareja que solo se nota cuando empieza a notarse. Cuando se nota, ya es tarde.
La pregunta seria no es si se financia o no se financia. La pregunta es a nombre de quién y con qué reparto se va a sostener. Y esa pregunta merece, como mínimo, los quince minutos que la pareja le dedica a elegir el color del sofá.
Por qué las financiaciones en pareja se desordenan tan rápido
Las financiaciones al consumo en España se firman a nombre de una sola persona, con muy raras excepciones. Eso significa que, aunque la pareja entre junta a la tienda, aunque los dos discutan el modelo, aunque los dos vayan a usar el frigorífico igual, el contrato lo firma uno solo. El otro, jurídicamente, no aparece. No es titular, no es avalista, no es nadie.
Eso tiene tres consecuencias que la mayoría de las parejas no calibran en el momento. La primera, que la cuota mensual se carga en una cuenta concreta, normalmente la del firmante, y eso obliga a hacer un movimiento adicional cada mes para que el otro le transfiera su parte (con la fricción que eso genera, sobre todo si el cargo cae en una fecha rara). La segunda, que la deuda figura en el CIRBE solo del firmante, lo que afecta a su capacidad de endeudamiento futuro: pedir una hipoteca al año siguiente con tres mil euros pendientes en una financiación al consumo cuenta para mal en el scoring del banco. La tercera, y la más fea de mirar, que si la convivencia se rompe antes de terminar de pagar, el firmante se queda con la deuda completa frente al banco, mientras que la otra parte solo le debe a él la mitad por acuerdo privado, y cobrarlo es un asunto entre particulares que en muchos casos se diluye en silencio.
A esto se le añade el factor financiero puro. Las financiaciones "sin intereses" de las grandes superficies casi nunca son sin coste: incorporan una cuota de apertura, un seguro, o un tipo de interés disfrazado en la diferencia entre el precio al contado y el precio aplazado. Conviene comparar el equivalente real con un préstamo personal del banco propio, que con un titular solvente puede salir entre el seis y el ocho por ciento TIN, y suele resultar incluso más barato que la financiación de la tienda cuando se computa el coste total.
Tres maneras de hacerlo bien
1. A nombre del que tiene mejor scoring, con compensación documentada
Es la opción más simple. La pareja decide, mirando ambas hojas de vida financiera, quién tiene mejor scoring (nómina más estable, menos deuda viva previa, mejor histórico) y firma esa persona. La otra parte se compromete por escrito, en un documento privado de dos folios, a transferir cada mes la mitad de la cuota a la cuenta del firmante en concepto de aportación al préstamo conjunto.
Ejemplo numérico. Lavadora más frigorífico más sofá: 3.600 euros financiados a 24 meses al 0% nominal con una comisión de apertura del 2% (72 euros) que se reparte a partes iguales. Cuota mensual real: 153 euros, de los que cada uno aporta 76,50 con redondeo por mayor resto al céntimo. La pareja se ahorra el coste oculto de las financiaciones de tienda recurriendo al préstamo del banco propio, y mantiene el orden documentado.
La virtud del modelo es que protege al firmante: si la convivencia se rompe, el papel firmado es la prueba de que la otra parte adeuda la mitad de lo que reste. La fragilidad del modelo es que esa prueba sirve si el otro paga; si decide no pagar, hay que reclamarlo y eso es siempre incómodo.
2. Dos préstamos pequeños, uno a cada nombre
Más raro, pero a veces se puede. Si la financiación se puede dividir (por ejemplo, frigorífico y lavadora en una operación, sofá y mesa en otra), se firma cada una a nombre de un miembro de la pareja distinto. Cada uno asume su préstamo, paga su cuota desde su cuenta, y se reparten el uso indistinto.
Numeros: 1.600 euros del frigorífico y la lavadora a nombre de uno; 2.000 euros del sofá y la mesa a nombre del otro, ambos a 24 meses. Cada uno paga su cuota mensual sin necesidad de transferencias entre ellos. Si la convivencia se rompe, cada uno se va con su deuda y con la mitad de los enseres asociados (que se intercambian o se compensan). Es la opción más limpia desde el punto de vista jurídico, y la que mejor envejece si la pareja tiene una visión asimétrica del compromiso.
El inconveniente es que requiere que ambos tengan scoring suficiente para sus respectivos préstamos, y que las dos operaciones sean factibles por separado. Cuando uno de los dos no llega, se vuelve a la opción 1.
3. Préstamo personal conjunto en el banco común, a dos titulares
La opción menos conocida y a menudo la mejor cuando la pareja tiene cuenta común con cierta antigüedad. Algunos bancos permiten contratar préstamos personales con dos titulares solidarios, lo que significa que ambos firman, ambos aparecen en CIRBE por la deuda total, y ambos responden frente al banco si el otro deja de pagar. La cuota se carga en la cuenta común, y la operativa diaria desaparece como problema.
La ventaja es la simetría jurídica: nadie carga solo con el riesgo, nadie tiene que reclamarle al otro. La desventaja, también real, es que ambos quedan vinculados financieramente durante toda la vida del préstamo, lo cual si la convivencia se rompe complica la separación de cuentas. La deuda no desaparece por dejar de vivir juntos; sigue ahí hasta que se cancela.
Esta opción funciona para parejas con un proyecto sólido a varios años, no para una convivencia reciente que aún se está probando.
Lo que no se mira: el coste de cancelar antes de tiempo
Un detalle que muchas parejas descubren cuando es tarde. La mayoría de los préstamos al consumo permiten amortización anticipada con una comisión de entre el 0,5% y el 1% del capital pendiente. Eso significa que, si dentro de seis meses la pareja recibe un dinero (paga extra, devolución de Hacienda, regalo) y quiere quitarse el préstamo, puede hacerlo perdiendo entre veinte y cuarenta euros, en lugar de seguir pagando dos años más. Es información que casi nunca está en el folleto principal y que cambia el cálculo del coste total.
De la misma forma, conviene mirar el cuadro de amortización completo antes de firmar. En muchas financiaciones al consumo, los primeros meses son casi todo intereses y muy poco capital; cancelar a los seis meses no reduce mucho la deuda principal aunque sí elimina los intereses futuros.
Cómo organizar las cuotas para que no las olvides cada mes
Una vez decidida la modalidad, la operativa diaria es lo siguiente. Cada cuota debería estar registrada como un gasto recurrente del hogar, asignado al miembro o miembros que correspondan según el acuerdo, y visible en el cierre del mes para que ninguno tenga la sensación de estar pagando más de lo pactado. Cualquier sistema decente debería permitir definir un gasto recurrente, asignarlo a las personas correctas, y cerrar el mes con un balance al céntimo. ControlarGastos hace exactamente eso, y reparte los céntimos por mayor resto, no por truncamiento, así que el redondeo del 153/2 no penaliza siempre al mismo.
Lo que mata estos arreglos no es que la pareja sea mezquina, es la fricción de tener que recordar cada quince días que hay que hacer una transferencia. Si la herramienta lo agrega y lo cierra automáticamente, la cuota deja de ser una conversación mensual y pasa a ser un dato más del balance del hogar.
Conclusión: el frigorífico no es el problema, el contrato sí
La lavadora y el sofá los acabaréis cambiando en diez años o doce. La huella en CIRBE, las costumbres de quién firma qué, el documento privado que un día firmasteis o no firmasteis, eso permanece. Las parejas maduras no son las que deciden bien el frigorífico; son las que asumen, sin dramatismo, que cualquier compra grande compartida merece quince minutos de conversación seria sobre la titularidad y el reparto.
No hace falta firmar capitulaciones para todo. Hace falta tener claro a nombre de quién va cada cosa, qué pasa si las cosas cambian, y mantener la operativa lo suficientemente ordenada para que la duda nunca aparezca al final de un mes malo.
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